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  • —¿Cuándo fue la primera vez en donde te diste cuenta que fantasear sobre tu propia muerte no era normal?

    —¿Tú sientes eso?

    —¿Tú no?

    —No soy un idealista, sé que eventualmente voy a morir, pero realmente no es algo que me de miedo o lo espere con ansias.

    —¿Eres feliz?

    —Sí.

    —Por eso no la piensas. Las personas que no son felices solo tienen dos opiniones de la muerte, por un lado, quieren que llegue pronto, y por otro, no quieren que llegue nunca porque no han logrado sus metas. Muchos tienen miedo de morir jóvenes. Y otros mientras menos años tengan sobre la tierra mejor.

    —La muerte no me asusta, tampoco la celebro o la deseo, pero creo que he estado muy en contacto con ella como para darme a la idea de que es un proceso natural. Intentar evitarla solo sería ansiedad añadida.

    —Hablas como si no tuvieras problemas… por eso odio verte, odio tu sonrisa, tu cara, la manera en la que trabajas como si todo estuviera bien. Los polos se derriten, la gente muere de hambre, hay personas que solo buscan lastimar personas y ahí estás tú, sonriendo como niño en heladería.

    —No te pido que compartas mi modo de pensar, tengo en cuenta todo lo que está a mi alrededor, la situación del planeta, de la humanidad, incluso de mi familia… Yo… vi morir a mi abuela muy chico, y al crecer me tocó despedir al resto de mis tíos, y hace un par de semanas… a mi madre. La muerte siempre me ha perseguido, siempre ha estado presente de un modo u otro y no me permite olvidarme de ella.

    —¿Cómo puedes mantenerte recto a pesar de todo? ¿Eres insensible? ¿Masoquista?

    —No, y mucho menos un guía espiritual. Solo… no me gusta pensar en algo que no puedo cambiar.

    —Entonces sí tienes miedo.

    —Quizás…

    —Entonces no eres feliz. ¿Ves? Sabía que no podía existir nadie que no le tuviera miedo a la muerte. Eres un mentiroso, Martín. No eres ningún profeta o erudito ilustrado. Solo eres otro idiota en el mundo.

    —Creo que… tienes razón. No soy feliz.

    —Yo sabía, sabía que solo fingías. Me das asco, infeliz.

    —¿Cómo te sientes?

    —Tengo frío… ¿La ventana está cerrada?

    —Sí…

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  • Nuevamente me encuentro frente a ti, un recordatorio de todo lo que odio ser. Debo admitir que parte de la frustración que quema mi pecho es gracias a que ya no tengo control sobre ti. Te has ido para siempre, y dudo que alguna vez vuelva a encontrarte. ¿Estás feliz?

    La felicidad que compartiste conmigo durante los años rocallosos aun es palpable en mi lengua. Mis palabras se atoraron detrás de mis dientes, cuando abrí la boca fue demasiado tarde para protestar. Ha pasado tiempo y te pienso, incluso después de momentos de absoluta euforia. 

    He comenzado a pensar que tus recuerdos son una manera de torturar mi corazón, pero los restos que aun quedan en mi corazón son muy pocos como para odiarte. Estoy a la deriva, incapaz de explicar qué es lo que siento hacia ti. Cada vez que veo tu foto, arrancas un suspiro de mis pulmones, pero cuando mi cerebro pregunta si te quiero de vuelta, la respuesta es no.

    Trabajé en mi persona, quiero pensar que he logrado un progreso aunque no estarás ahí para ver la comparación. Simplemente son migajas que terminarás recogiendo de tu memoria para preservarme, al menos, me gusta pensar que lo haces.

    Demasiados manifiestos han sido enterrados en tu nombre, muchos jamás verán la luz o serán acomodados en letras formando oraciones dentro de un escrito melancólico, se quedarán en mi cerebro hasta que eventualmente se desvanezcan en el olvido. 

    Pero, ahí estás. En una risa, en una canción, en una imagen. Tu persona quedó impregnada en mi ser de maneras que jamás podré explicarte. Soy inútil, patética; no quiero dejarte ir. 

    Aunque me duela la espalda de cargar con el peso de tus recuerdos y mis ojos terminen enrojecidos por llorar demasiadas lágrimas que jamás escucharás. 

    Lamentos que nunca sabrás. Cartas que jamás leerás. Un corazón que no volverás a amar. 

    No puedo decidir si te odio, o te amo. 

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    AnaKarenWrites

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  • Mírame, mírame, mírame ahora. 

    Sabes que te estoy asechando, no puedes detenerme. Nada de lo que hagas podrá evitar que te escapes de mí. Sabes que estoy aquí contigo, solo espero el momento perfecto para atacar. 

    Me mantengo en las sombras, haciendo ruidos para que esa adrenalina suba por tus venas, hace el sabor de la carne más delicioso. Ahora corre, corre e intenta no mirar atrás mientras me acerco a toda velocidad. Si te tropiezas con las ramas del bosque será menos divertido. Quiero ver el pánico en tus ojos, en como la esperanza vuelve a ti una vez que llegas al claro, pero el miedo se vuelve a sembrar cuando me escuchas acercarme.

    Mírame, mírame ahora. ¿A caso no te diviertes tanto como yo? 

    Me río, y dejo que mi cuerpo se relaje mientras el tuyo sigue tenso por el estrés. ¿A dónde irás ahora? No puedes hacer nada. 

    Voy por ti. 

    Te tengo.

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  • Eran las ocho y media. Lo recuerdo bien porque acababa de terminarse mi programa favorito en la televisión. Todo a la misma hora, cada semana. Comencé a seguir una rutina que se volvió tan natural para mí, a pesar de que me decía a mi misma que nunca terminaría encasillada en mi propia vida. Si tan solo la yo de hace dos años pudiera ver en lo que me he convertido, definitivamente estaría decepcionada de mi.

    La puerta se abrió con un leve chirrido. Me levanté arrastrando los pies, a pesar de que mi estómago se retorcía del miedo. No esperaba visitas, vivía sola. Al cruzar la pared que dividía la sala de estar con la entrada, pude ver ante mi aquella silueta gigantesca. Era un hombre muy alto, definitivamente más de dos metros. Sumamente delgado, sus facciones finas estilizaban su rostro y sus brazos, que descansaban en los bolsillos de su elegante traje. En cualquier otra circunstancia podría decir que era atractivo; pero la situación era tan surrealista que solo me congelé.

    Inclinó la cabeza un poco, suspiró y sacó un reloj de manecillas de su bolsillo. 

    —¿Estás lista?— me dijo en una suave voz que recorrió mis oídos como una suave melodía. 

    —¿Tan pronto?— mis ojos se llenaron de lágrimas. Con esas simples palabras entendí a lo que se refería.

    Pensé en todo lo que había hecho hasta el momento. ¿Extrañaría esta vida? ¿Haría algo diferente si suplicara por un par de años más? Dejé que mi mente viajara a los rincones más profundos de mi ser y permití que mis recuerdos me abrumaran. Relajé los hombros y lloré. En silencio, mi llanto parecía no tener fin. 

    —¿Algo queda pendiente?— me preguntó él, con una voz compasiva.

    —No— le dije. Sonreí y le di la mano— Estoy agradecida. 

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  • Los murmullos recorrían la tierra, haciéndola cimbrar bajo los cansados pasos del grupo de hombres; se habían perdido hace más de dos horas. El bosque, cruel e inhóspito, parecía crecer a sus alrededores, atrapándolos en un laberinto de ramas que jalaban sus ropas y sonidos que helaban la sangre. 

    —Todo esto es tu culpa Trevor— dijo Sam irritado, estaba seguro que caminaban en círculos. —Pudimos descansar antes de perder el sendero.

    —¡Entonces regresa!— gritó Trevor en cuestión. Se giró hacia el resto. La linterna de Matt le apuntaba directo al rostro, sus enrojecidos ojos dejaban caer un par de lágrimas. —¡Nadie te obligó a venir, Sam! 

    Los gritos de Trevor hicieron eco a su alrededor, acallando el chirrido de los grillos, perdiéndose entre el silbido del viento. Sam chasqueó la lengua y volteó al suelo, no tenía energías para discutir, pero también estaba asustado. Estar rodeado de una completa oscuridad no era beneficioso para ninguno de ellos. Trevor le sostuvo la mirada unos momentos, suspiró y se limpió la cara con el borde de su suéter.

    —Podremos acampar en un momento— dijo Ricardo después de un momento de caminata, apuntó su linterna a las copas de los árboles, llamando la atención de sus amigos— Miren… ya falta poco para que encontremos un claro. 

    Después de unos diez metros, ya no hubo necesidad de que caminaran agachados para esquivar las ramas. Ricardo tenía razón, habían llegado a un amplio espacio entre toda la arboleda. Desgraciadamente, el viento soplaba con más fuerza al no tener resistencia de los troncos. El frío se escurría por sus talones, haciendo castañetear sus dientes.  

    —¿Este es buen lugar?— preguntó Ricardo, bajando su mochila.

    —Es mejor que nada— murmuró Trevor sentándose en el suelo, entre quejidos, estiró las piernas y respiró hondo. El aire helado lo hizo toser. —Solo quiero dormir un poco. En la mañana seguiremos.

    —Odio los bosques— dijo Matt, antes de acostarse. 

    Sam se mantuvo alejado de Trevor, no tenía las agallas para pedirle disculpas, así que simplemente asumió que por la mañana sus amigos estarían de mejor humor al no tener que aguantar el espantoso clima en medio de la oscuridad. 

    La conversación antes de dormir fue muy corta. Acordaron cubrir turnos de guardia, pero ninguno pudo mantenerse despierto más de veinte minutos. Sam fue despertado gradualmente por un par de pasos que lentamente caminaban a su alrededor. Sintió como algo pesado caía a su lado, provocando un sonido seco sobre la tierra. Abrió los ojos, tratando de ajustarse a la oscuridad, y tanteó el suelo en busca de su linterna. 

    Un hedor metálico invadió su nariz. Incómodo, encendió la lámpara tratando de encontrar el origen. Sobresaltado, se sorprendió al ver a Trevor recostado a su lado, estaba de espaldas, y parecía que estaba abrazando sus rodillas, posiblemente para mantener el calor. 

    No quiso despertarlo. Sam observó una última vez entre las ramas de los árboles, no encontró nada. Pegó su espalda a la de Trevor y volvió a recostarse sin decir una palabra. 

    En cuanto los primeros rayos del sol se reflejaron en sus párpados, se levantó de golpe al escuchar los gritos y maldiciones de Matt y Ricardo. 

    —¿Qué?— gritó confundido Sam. 

    —¿Qué demonios le pasó a Trevor?— Ricardo se acercó a Sam y lo jaló de un brazo, alejándolo de su amigo.

    Confundido, Sam miró hacia Trevor. Su cuerpo permanecía en la misma posición de anoche, pero su rostro… no estaba. En su lugar solo había una amalgama de piel, sangre y carne que se oxidaba con el frío ambiente, dejando un charco marrón oscuro que lentamente se mezclaba con la tierra. 

    Matt gritó, señalando a uno de los árboles. El rostro de Trevor estaba colgado de una de las ramas, sucio y arañado. bañando el resto de las hojas en el suelo de esa misma sangre oscura. 

    En la corteza de ese mismo árbol, había un mensaje tallado. 

    «NO ME QUEDÓ»

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  • Nuevamente escribo de un cansancio que se pega a mi espalda como un insecto indefenso en una telaraña en la esquina de la habitación. 

    Muchas veces, ese cansancio se manifiesta como una pesada piedra caliente que presiona mi espalda, lento, lo suficiente para ignorarlo, pero a lo largo de las horas se vuelve más pesado e insoportable. 

    En otras ocasiones, el cansancio es como un grueso fango. Siento como sube por mis brazos hasta llegar a mi garganta, estiro la cabeza para respirar, pero el líquido espeso no tarda en entrar por mi boca, por mi nariz, por mis oídos. Y me veo ahí, ahogándome en un cansancio que atrapa todas mis energías, me despoja de la poca felicidad que tanto me he logrado en conseguir con el simple objetivo de recordarme que no soy nada. 

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  • Cuando miro al cielo me pregunto si acaso estarás observándome también.

    En medio de toda esta soledad terrenal, mi único consuelo es saber que estás ahí, en alguna parte.

    Estás perdida, o quizá la que se esconde sea yo.

    Los mundos seguirán creándose y destruyéndose, mientras que nosotras permaneceremos a una distancia que se prolonga cada día más.

    Decir 《te extraño》 resulta tan fuera de lugar. ¿Qué es lo que realmente quiero de ti?

    Cuando mis ojos adormecen por las noches, me gusta pensar en que el muro que nos separa no existe, y hay espacio para una buena conversación.

    Pero nunca serás capaz de eso.

    Y quedo aislada de ti.

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  • No recuerdo haber tenido tanta incomodidad; la oscuridad devoraba todo en ese pasillo. Y mientras estaba tendido ahí, lo único que podía hacer era observar cómo las sombras se deformaban en rostros terroríficos.

    Cerré los ojos y desée aparecer en otro lugar. ¿Cuánto más iba a soportar ese tormento? Primero tuve que soportar cómo llenaban mi cabeza de engrudo y pegamento. Y ahora, solo puedo pensar. Mi conciencia permanece eterna. ¿Porqué la bala del cazador no me mató? ¿Porqué seguí conciente cuando montaron mi cabeza en la pared? ¿Esto le pasa a todos los ciervos?

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  • El hombre del impermeable sigue afuera.

    Jacobo y yo lo vimos antes de ir a dormir. Esa noche estaba extrañamente helada, aun para mediados de septiembre. No era normal que las temperaturas descendieran tanto, al punto que tuvimos que encender la chimenea y sacar la caja de suéteres del armario. Durante toda la semana los noticieros advertían de este frente frío, pero ninguno pudo predecir que duraría tanto.

    Comencé a subir un par de videos a mis redes sociales para pasar el rato, ya que no podíamos salir, mis huesos crujían con solo abrir la ventana. Jacobo participaba en mis pequeños blogs, haciendo los peores chistes de hielo y la película de Frozen. 

    No fue hasta que uno de mis seguidores comentó que había visto algo afuera de la ventana de la sala. 

    —¿No es tu reflejo?— me preguntó Jacobo sentado en el sillón, mientras yo volvía a ver el video una y otra vez.

    —No… esto es diferente… —no quería alterarme, pero esa silueta aislada en medio del patio, no tenía sentido.

    —Karla…— escuché a Jacobo hablar después de un rato, su voz estaba agitada— No mires hacia atrás… No te asustes, pero hay alguien en el patio. Lo voy a ignorar… y voy a intentar cerrar la cortina. 

    —¿Qué?— el miedo me paralizó. Sabía que estaba diciendo la verdad porque él nunca me jugaría una broma de ese estilo. Tuve que resistir el impulso de girar la cabeza para verlo en el sillón. Respiré hondo.

    —Ve a la habitación, y quédate ahí. ¿Entiendes? —me ordenó. Pude sentir el creciente pánico en su voz. 

    Comencé a llorar. Cubrí mi boca con mis manos y salí de la cocina, alejándome de la vista de la ventana. Llegué al pasillo y mis piernas se rehusaron a moverse. No iba a dejar a Jacobo solo con quién sea que fuese esa persona. El tiempo me torturó lentamente por veinte minutos. Fue entonces cuando escuché que finalmente se había levantado del sillón, corriendo las cortinas y apagando el televisor.

    Su rostro al volver por el pasillo estaba pálido.

    —¿Qué pasó? ¿Qué es?— murmuré desesperada. Húmedos hilos de lágrimas seguían decorando mis mejillas. 

    —No lo sé. Pero no podemos llamar a la policía. —Jaboco me pasó de largo y lo seguí a la habitación. 

    —¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué está pasando?— ninguna de mis preguntas tenía sentido en ese momento, pero era lo único que podía pensar.

    —Esa cosa… —dijo él, sentándose sobre la cama— Esa cosa no está viva.

    No hemos podido dormir, desde la pequeña ventana del baño podemos ver parte de su silueta. Sigue frente a la ventana de la sala, se ha movido un par de pasos a la derecha, pero sigue ahí. Como si el frío no le molestara, dejando ver sus piernas esqueléticas debajo de ese largo impermeable.

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  • ¿Cuál es el verdadero significado de esfuerzo? 

    Los ojos me pesan, la espalda me duele; el estrés me grita al oído como una alarma anunciando una próxima bomba a detonarse. Quiero dormir, pero las preocupaciones me persiguen, me asfixian, evitan que piense en cualquier cosa que no sean maneras de seguir con un martirio fuera de mi control.

    Me siento desdichada, al igual que un peluche abandonado debajo de la cama que nadie se molesta en levantar. No estoy lastimada, pero lentamente me lleno de polvo, entre el frío y la oscuridad de mis propios pensamientos.

    Lo único que puedo hacer es subir el volumen de la música hasta que las voces en mi cabeza dejen de tener sentido.

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  • —Una verdadera tragedia, ¿eh?— dijo el jefe de policía al forense, con la típica voz ronca y cansada de un hombre que ya ha visto demasiado en sus años de experiencia acumulada. «Cada caso se vuelve más sencillo que el anterior con el tiempo»; rió al recordar esa mentira. Lo único que se vuelve más fácil son las ganas de gastar la mitad de tu salario en un licor lo suficientemente fuerte para obligarte a olvidarlo todo.

    Ambos estaban a las afueras de una guardería, viendo como el resto del personal entraba y salía con equipo especializado para lidiar con sustancias tóxicas. Mientras que el resto del cuerpo policial hacía su mejor esfuerzo por mantener a los hambrientos reporteros detrás de la cinta amarilla. Las preguntas disparadas a gritos y los flashes de las cámaras resultaban abrumadores.

    Los habían llamado esa mañana; un padre de familia reportó el incidente una hora después, comentó que se retrasó para dejar a su hijo y al entrar al establecimiento, el silencio era tal, que supo que algo andaba mal. El olor que salía de las habitaciones era una triste mezcla de sangre, orina y miedo.

    —¿Jefe?— otro forense se acercó. —Encontramos algo. Tiene que ver esto.

    —Adelante, guíame. —respondió el veterano; dando una última calada al cigarrillo para luego aplastarlo contra el pavimento con su pesada bota.

    —Lo siento, señor; —el forense, un claro novato que le tocaban los peores trabajos, miró al jefe de la policía y a su superior encargado; se inclinó sobre sus rodillas y vació su desayuno frente a los dos hombres. —No me haga entrar ahí de nuevo… por favor.

    Mientras el chico seguía gimoteando en cuclillas, ellos intercambiaron una mirada en donde intentaban tomar sentido a la reacción tan gráfica del joven. El jefe de policía chasqueó la lengua y entró decidido a la guardería, seguido del forense mayor.

    —¿Qué hay?— dijo el hombre vestido en el traje blanco de plástico— ¿Por qué el novato está tan alterado?

    Los subordinados no se atrevieron a responder. Sus gimoteos se interrumpían unos a otros, y la palidez de sus rostros era visible incluso a través de sus máscaras de protección.

    Finalmente, uno de ellos entregó una bolsa al forense. Una nariz roja, redonda, de hule-espuma.

    —Lo encontramos en uno de los cadáveres de los niños…— el subordinado tragó saliva. Caminó hacia una de las habitaciones donde doce pequeños bultos estaban cubiertos de sábanas plásticas. Se inclinó hacia uno de ellos y levantó la cubierta.

    El pequeño cuerpo había sido mutilado a la altura del ombligo. Dejando dos tiras delgadas de piel y carne a los costados, como si algo hubiera tomado un gigantesco mordisco de las piernas.

    —Y este residuo… Al principio pensábamos que era algo orgánico… ya sabe, alguna especie de fluido— continuó explicando el subordinado. Su voz temblaba, no quería creer la verdad que arrojaban las pruebas.

    —Es pintura blanca.— terció otro forense.

    —¿Pintura blanca? —repitió escéptico el jefe de policía.

    —Del mismo tipo de pintura que se usa en maquillajes de fantasía… Ya sabe… como los payasos…

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  • —No debe de ser natural que te ame tanto…— murmuró, escondiendo el rostro.

    —¿Qué estás tratando de decir?— pregunté, incrédulo. Quizá había escuchado mal.

    —¡Qué te amo! ¿Okay? Me gustas demasiado solo para quererte como amigo. No hagas que te explique razones, yo todavía no lo entiendo… —levantó la mirada, dejando ver sus enrojecidos ojos —Mantendré mi distancia si así lo quieres, pero solo quería sacar esto de mi pecho. Necesitaba decirte. Lo lamento.

    —Yo…

    —Déjalo así ¿Bien?— sorbió la nariz y salió de la habitación— Sé que no sientes lo mismo por mí.

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  • Sus mejillas se inflaron, rodeó su estómago con sus brazos y se dobló hacia enfrente dejando salir la risa gutural más contagiosa que jamás haya escuchado antes. Fue tan inesperado que simplemente me quedé atónito, observando como aquel ser místico reía a carcajadas por un chiste que él mismo contó.

               La felicidad en su rostro fue tal, que en ese momento olvidé por completo porqué me sentía tan afligido esa mañana. Su melodiosa risa resonó en mis oídos por unos cuantos segundos incluso cuando hubo cesado.

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  • Caminaba por un callejón una fría noche de otoño. Odiaba esta ciudad con cada fibra de mi ser. Lo único que quería era poder llegar a casa finalmente para olvidarme de las sucias calles repletas de gente que no aportaba nada a la sociedad. Me enfermaba. Y al mismo tiempo, era reconfortante saber que alguien como yo pasa desapercibido entre todos ellos. 

    Mantenía la cabeza agachada, mientras que mis manos intentaban calentarse dentro de los bolsillos de mi gabardina. Apenas había terminado de cruzar el callejón cuando lo vi. Era una bolsa de tela apilada al lado de un basurero, en un principio algo así no hubiera llamado mi atención si no fuera por las puntas metálicas que sobresalían de la bolsa. Miré a mi alrededor en busca de policías que pudieran confundirme con algún drogadicto, y al apreciar mi soledad, me acerqué.

    Moví la bolsa con mi zapato. Tenía miedo de contagiarme con cualquier enfermedad que algo así pudiera contener. Luchando entre mi sentido común y mi curiosidad, seguí moviendo la bolsa, disfrutaba del ligero sonido metálico que hacía. Entonces, uno de mis movimientos más bruscos, hizo que se volcara hacia un lado y que cientos de cuchillos de cocina de esparcieran por el suelo.

    ¿Una bolsa llena de cuchillos? Definitivamente había una primera vez para todo.

    Miré dentro del basurero, mi cerebro me decía que algo tan raro solo podía estar acompañado de alguna mutilación; pero no, nada fuera de lo ordinario. 

    Pensativo, mantuve la vista en la solitaria calle, un paquete tan inusual solo podría ser producto de un intercambio. Y verán, soy un sujeto lo bastante ocioso y sin escrúpulos, así que simplemente me recargué en la pared y encendí un cigarrillo.

    Al cabo de unos minutos, se acercó un sujeto alto y bien vestido, bastante fuera de lugar para este barrio en particular. 

    —¿También has pedido intercambio?— me dijo mientras se inclinaba a recoger la bolsa de cuchillos. 

    Solo me reí. 

    —Estoy en busca de una buena oferta— respondí, prestando atención a los movimientos del sujeto. 

    Colocó una bolsa de tela, igual a la bolsa de cuchillos, pero esta se veía más pesada, y el sonido hacía parecer que tuviera piedras dentro. 

    —¿Para qué quieres los cuchillos?— pregunté con la ceniza de cigarro quemándome la nariz.

    El sujeto volteó a verme y me dedicó una sonrisa que me erizó la piel. 

    —Los uso… para la otra parte del intercambio.

    Guardó la bolsa dentro de su gabardina y se alejó por la calle. Salí del callejón para seguirlo con la mirada, pero se había esfumado. Curioso, volteé a la bolsa que había cambiado lugar con la bolsa de cuchillos. 

    Miré el contenido, mi estómago se revolvió y vomité al lado del basurero.

    Estaba llena de dientes. 

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  • Para cuando leas esto, yo ya estaré muy lejos.

    No pude quedarme. No pude soportar verte todos los días, tan feliz, tan despreocupado. Como si lo nuestro nunca hubiera existido. ¿Acaso olvidaste ya los veranos en donde nos escabullíamos en el bosque? Recuerdo bien que era tu idea. Siempre pensaste que era más temeroso que tú.

    Guardábamos el secreto, porque conocíamos las consecuencias de esos encuentros. Cuando los rumores empezaron y las excusas comenzaron a agotarse; yo fui el primero en entrar en pánico. Aun recuerdo que quería simplemente admitirlo todo y decir la verdad, pero me abrazaste, y aunque sabía que tú también tenías miedo, me aseguraste que nunca nos descubrirían. 

    El peso de nuestro secreto comenzaba a jugar con mi salud. Estaba estresado todo el tiempo y no podía entender cómo era que tú podías convivir tan calmadamente con toda la gente que hablaba mal de nosotros. Yo no podía soportarlo. Y supongo que tuviste razón, nunca fui tan fuerte. Pero resistí por ti.

    La última vez que fuimos al bosque, me dijiste que sería la última. Con terror te pregunté si había hecho algo mal, y aunque me aseguraste que todo entre nosotros estaba bien, no podía creer tus palabras. ¿Cómo ibas a seguir sin mí?

    Me sentía insultado. Pensé en traicionarte y decirle a todos sobre nosotros, pero en lugar de eso, escribí esta carta. 

    Y la pondré en el único lugar en donde solo tu la podrás encontrar. Y te dejo un pequeño regalo. 

    Ese lugar en el bosque lo recordaré con mucho cariño…. a todas las 22 tumbas entre los árboles. Adivina quién será la 23.

    Perdóname, pero ya no puedo con esto. Y si no piensas seguir siendo mi socio, me aseguraré de hacerte las cosas más difíciles antes de desaparecer para siempre.

    Saluda al sheriff de mi parte. Su hija es la número 23.

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  • Algo estaba asechando dentro de esa caja. Cada día al despertar, él podía ver cómo se hacía un par de centímentros a la derecha.

    Continuaba con su día, y al volver a casa, aunque no lo quisiera, miraba aquella caja sobre el alto mueble de su ropero, preguntándose si algún día sería capaz de quitarla de ahí.

    Pasaron los días, la caja seguía inclinándose hacia el borde del ropero. Y finalmente, un día, él volvió a casa para encontrar la caja en el piso.

    Suspiró. Tomando con cuidado la cabeza de su novia, besó su frente y la volvió a guardar dentro de la caja.

    —Esa caida debió doler. Lo lamento mucho. Sabes que no puedo enterrarte.

    Abrió las puertas del armario y puso la caja al fondo, cubriéndola con ropa. Al menos así, aunque tuviera que revisarla constantemente, no volvería a caerse.

    Él le prometió que siempre la cuidaría, incluso cuando el brillo de sus ojos desapareciera.

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  • Está bien, lo admito. Me di cuenta que nuestra relación es un sube y baja. ¿Quién será el primero en bajar? Ambos sabemos que al salir, uno será el que saldrá lastimado; pero nos debemos de detener. 

    Ya no quiero seguir.

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  • Lo sostuve entre mis brazos, sintiendo la suavidad de su piel sobre la mía. La luz de sus ojos se volvía cada vez más opaca, no le dije nada. Con la boca seca, planté un último beso sobre su frente, un helado suspiro rebotó en mi cuello, provocándome escalofríos. Débil, como un roce espectral.

    Posé mi frente sobre la suya en donde había quedado el rastro de mi beso, inseguro si lo había registrado.

    Todo lo que sentía, ¿Lo habría entendido? ¿Había sido lo suficientemente claro?

    Comprendí mi situación, la de Ulises; fue entonces cuando recordé, recordé todas las memorias que había compartido con él. Me sentí feliz, pleno. Estaba seguro de que él estaba tranquilo también, pude sentirlo.

               —Te amo. —Le dije.

               Y en mis brazos no hubo más que cenizas.

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  • Cuando camino por la ciudad, no puedo evitar ver tu reflejo a mi lado al pasar por un cristal.

    Te extraño. Quiero volver a decir tu nombre y que mi voz alcance tus oídos en lugar de perderse en el viento.

    Me duele el pecho; mi corazón late con tanta fuerza, cómo si él mismo quisiera salirse de mi pecho para ir a buscarte.

    Pero no necesito encontrarte, porque sé en dónde estás. El problema es que no es conmigo.

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  • Tengo un invitado especial (1)

    No me considero una persona supersticiosa, y mucho menos creyente, pero creo que hay un invitado extra en mi casa.

    Todo comenzó una noche, era de madrugada, quizá poco más de media noche; me levanté al baño y como mi casa es algo chica, tengo que cruzar el pasillo para ir hacia el cuarto de baño.

    Al pasar por el cuarto de mi amigo, veo que la televisión está encendida pero él está profundamente dormido, incluso roncando. Me río y abro la puerta del baño.

    En un principio, creí que se trataba del ruido de la televisión, pero al encender la luz, me di cuenta que la llave del lavabo estaba abierta. Y no se trataban solo de goteras, la llave estaba girada completamente al máximo.

    Extrañado, me acerqué al lavabo y lo cerré. No parecía haber nada raro. La llave no estaba floja, no sentía ninguna presencia extraña; así que, aun en alerta, hice mis necesidades y regresé a mi cuarto sin ninguna complicación.

    Comencé a reflexionar la extraña situación que acababa de pasar. Primero que nada, mi amigo y compañero, es la persona mas ahorrativa que conozco, incluso es el primero en decirme que me he demorado más tiempo del necesario en la ducha cuando solo han pasado diez minutos. Así que, dudo que haya sido tan descuidado como para dejar abierto el grifo a voluntad.

    Segundo, usando una lógica de los clichés paranormales, no eran las tres de la mañana, no se sentía una presencia extraña, la temperatura no disminuyó, no hubo sombras o voces…

    Quizá se trate de un invitado especialmente considerado.

    ¿Es acaso un fantasma con sed? Seguiré investigando.

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