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  • CENTRO DENTAL TORRE FUERTE
    Todas las especialidades Odontológicas
    15 años de Odontología Responsable
    “”“ No somos Franquicia ”“”
    Dr. Neimar Breymaier
    Dra. Cilayne Moreno
    Avda. de América, 12 1ºA cp 28028
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  • Calle de Alcalá

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    Jan 2019 

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  • Curandera de efecto camaleónico

    Me llamaban curandera, mis amigos me llamaban curandera. Me decían:

    - Tú tienes un corazón demasiado bueno.

    - ¿Por qué buscas luz en los demás?

    - ¿Por qué sigues ahí aunque te hayan dañado?

    - Sweetie, you’re a natural healer. You were born for helping others to fix themselves.

    Y supongo que quizás tenían razón, quizás estaba empeñada en ver la belleza en las ruinas, puede que me aferrara siempre al último suspiro de esperanza o a un “quizás no sea hoy, sino mañana”. Supongo que eran manías que fui adoptando con el crecer, cómo el intentar atrapar rayos de esa luz que venía de mi ventana y jugaba con los barrotes de mis dedos.

    Me empeñé en intentar comprender a las personas, en entender si A dolía, porque el residuo de este era B. Deseaba comprender de donde venían las dudas, por qué existían las heridas, hacia donde desembocaba esa sangre de efectos secundarios que más tarde se convertiría en un campo de flores rojas. Que se convertiría en un campo de amapolas, guzmanias, vriseas, rosas, y así podría continuar creándote un campo que llegara hasta donde alcanzara la vista, sin que supieras que esto no consistía nada más que en un líquido rojo que pudo haber sido o no derramado en vano.

    Con el paso del tiempo, entendí que nadie se escapa de unas grietas, de unas cicatrices que admirar, las cuales tú podías escoger si llevarlas con orgullo cómo si se tratara de una medalla o si las esconderías con vergüenza porque no eran más que eso, no eran más que heridas. Nadie se escapaba de esas cosas eternas, de esas marcas que se quedan de por vida en la piel y te convierten en un camaleón hasta que cicatrizan por completo.

    Siempre pensé en eso, en que tenía cicatrices color camaleón; tanto las del cuerpo cómo las del alma o el corazón. 7 cicatrices gobernaban sobre el reino de mi cuerpo. Tres hendiduras en el tobillo derecho, dos cicatrices en las caderas, una en la rodilla derecha y otra en la pelvis, ahí por donde aún podía taparla la ropa interior y la parte baja del bañador. En cuanto a las cicatrices que mi corazón y mi alma poseían, hacía mucho que dejé de prestarle atención a esa parte de la trama.

    Me hicieron mucho daño, yo también me saboteé y me tiré bombas; pero nunca presté mucha atención al daño que se me infligía. Escribo estas líneas y en cuanto llevo más de cuarenta caracteres la vuelvo a eliminar, no es muy sencillo explicar el cambio camaleónico al cual se somete toda cicatriz por excelencia. Comenzaré por las físicas, que supongo que serán más fáciles de explicar. En mi caso, me sedan, me abren en canal para jugar con las piezas de mi cuerpo cómo si no fuera más que una muñequita en una fábrica que las crea a granel y después me vuelven a cerrar. Me pueden cerrar de dos maneras: con hilos, cómo si fuera una muñeca de trapo; o con grapas cómo si fuera esa dichosa tesis de final de carrera. Tanto en una cómo en la otra había gasas de por medio. Así que, mi piel sería del color del dulce de leche más ligero del mundo con unas virutas de metal o algo transparente de regalo.

    Después, pasábamos al rojo vivo, al escozor de una carne viva que se asemejaba al capote de un torero, para terminar con el color marrón que daba la sensación de ser arcilla mal amasada o un rotulador que se murió a la mitad del dibujo. Terminábamos esa fase camaleónica de mi piel gracias a los efectos curativos del aceite de roseta, el cual no recuerdo que pudiera aplicarse también a las heridas de moral. Siguiendo esta premisa, me convertí en un camaleón durante ¾ de mi vida.

    Ahora vamos a por las que realmente duelen, de las cuales hay realmente múltiples aunque nadie se molestara en comprobar, aunque nadie se molestara en preguntar. Estas sangraban, día tras día y sin embargo era una sangre que no manchaba las manos, que no pintaba flores sobre el lienzo de mi cuerpo y de las grietas que se iban formando. Eran de esas heridas pequeñas, que con cada golpe se abrían más, y seguía saliendo más y más pintura roja gracias a un golpe tras otro. ¿Qué las podía causar? ¿Yo que iba a saber? Una decepción tras otra, más y más inseguridades que atacaban a cuchilladas hasta que te quedabas en cuclillas, esas voces en tu cabeza que proclamaban a gritos que no pertenecías a ninguna parte pero de todas formas te exigían un lugar de pertenencia…

    Muchos te dirán que hay muchas maneras de suturar estas brechas que se han ido creando. Que las puedes cerrar gracias al arte, gracias a una voz amiga, gracias a unas pastillas milagrosas o quizás un licor de lágrimas embotellado. Yo simplemente cumplía eso, el papel de voz amiga. Era el hombro sobre el cual la gente lloraría mientras que yo iba con calma asintiendo, escuchando historias, acariciando cabelleras y cosiendo heridas sin parar cómo si me hubiera convertido en una máquina de coser. Me convertí en una curandera, pero yo no curaba con ungüentos ni brebajes, sino con poco más que un humilde hilo de colores. Las brechas a suturar, podrían encontrarse en muchas partes: en el brazo, en el cuello, en el pecho, en el hombro…

    ¿Sabes? La gente es muy distinta y muy similar a los demás de manera simultánea, resulta contradictorio ¿no te parece? Hay gente que tiene heridas y que no desean repararse porque no saben cómo hacerlo, porque desconocen el cómo hablar de ello. Todos tenemos ese miedo de abrirnos en cuerpo y alma a una persona. Tememos el salir descubiertos, con ninguna prenda que nos cubra, sin armadura que nos proteja y proclamar con la voz temblorosa de un niño:

    - Aquí estoy, aquí me encuentro. Mi cuerpo está formado a base de líneas de recuerdos. Me han hecho daño y he sobrevivido. Por favor te ruego, trata mis cicatrices con cuidado, no soy tan frágil cómo el cristal pero sí puede que arda al tacto. Por favor no me hagas daño, que yo por mucho ya he pasado.

    Hay gente que baila con sus dedos sobre tus cicatrices con temor, observándolas con curiosidad y con amor, puede que quizás también con una chispa de admiración. Hay otras, que te observan y que antes de que te des cuenta vuelves a sentir el frío metal de la aguja que deshace tus arreglos con lentitud para que vuelvas a crear otro campo de flores rojas. Así es la gente, así es la vida.

    Me llamaban curandera, porque yo me pasaba el día cosiendo almas y ánimos rotos. Puedo asegurar que no había mayor satisfacción que la sonrisa de alguien que se encontraba con el corazón y alma reparados. Que te recorría una magia inexplicable, cuando veías a alguien feliz, a alguien que se había arriesgado a amar. Eso era lo bonito de mi trabajo, el ser capaz de recuperar la alegría que aún residía en los recodos de esas ruinas a medida que iba llevando a cabo esos laboriosos trabajos de costura humana.

    ¿En cuánto a mí? Yo estoy rota pero aun así disfruto de mis grietas. Es complicado suturarse a si mismo, pero yo ya aprendí a vivir con las heridas abiertas. Las cicatrices son parte de la vida, pero la gente cómo yo existe para que no tengas en exceso y te conviertas en ceniza, de esa que puedes pisar con el pie a las orillas del mar. Las veces que alguien me intentó cerrar, no hicieron nada más que crear unas nuevas. De manera que me escondí en lo más profundo de mi misma, para intentar ayudar a otras personas y más tarde preocuparme por mi misma.

    Soy curandera, arreglaré a todo aquel que me pida ayuda aunque yo pueda perderme en el proceso.

    - María I

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    The Virgin of Solitude, 17th century, Madrid.

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  • Salón de Gasparini, Palacio Real, Madrid.

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  • Nuevo libro ya disponible (durante la cuarentena solo online, después en librerías)
    “La Sangre del Vikingo”. Consíguelo en amazon.es, payhip.com y lulu.com.
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    https://www.instagram.com/p/B-u16q0lY-3/?igshid=1v410tvesb28u

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  • Madrid -2019-

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